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18 may. 2014

Las máquinas escritoras y el problema de la divinidad

Hace cuestión de unos quince días, aquí en La cueva del escritor, se publicó una noticia con la opinión de Mario Vargas Llosa respecto a que máquinas escribieran historias. El autor lo califica como «escalofriante» y, dándole vueltas al asunto, cualquiera de nosotros puede encontrarse fantaseando respecto a esta idea también. Lamentablemente, no sería extraño: vivimos en un mundo mecanicista, donde cada vez usamos más y más los beneficios de las máquinas y robots, y lo único que nos separa entre una máquina empacando comida a una máquina pudiendo escribir una historia es tiempo e inventiva. Y es que, aunque pudiese, no necesariamente lo hará y esa es otra categoría de separación también. De cualquier manera, la idea esconde severas amenazas e implicaciones también, algunas las nombró el Nobel de Literatura.
Una máquina, ante todo y en principio, está controlada por el humano. Una máquina hecha para escribir lo hará, sí, pero dentro de las directrices que el humano que la controla le dé. Vargas Llosa califica esto como «la inserción de nuevas formas de esclavitud». Como las historias, en un principio, no cuentan con un censor, de ellas puede nacer la crítica más metafórica escondida en lo recóndito de sus páginas, son libres (su libertad es proporcional al nivel de libertad del hombre también; por esto, si el escritor cuenta con un censor totalitario encima -y, en ocasiones, no debe ser totalitario tampoco-, se verá de alguna manera afectada). Aunque el mundo actual busque mantener sus paradigmas y funciona a modo de censor también, siempre hay alguna pequeña ventana de libertad que permite una divulgación libre. La máquina no tendría ganas, la inventiva de querer romper ese cerco; simplemente escribirá de acuerdo a las directrices que se le haya dado, según la población y los estratos a los que vaya dirigido. Sería una forma de esclavitud del logos y de lo cognoscible.
Significaría, además, un absoluto estancamiento. Una procesión sin fin alguno de historias hechas a la medida según cualquier patrón, reproduciendo eternamente la misma historia sin cambio de perspectiva, con un orden diferente de palabras solamente (es obvio que el mercado reproduce este patrón, calcado, también. Historias que son un calco de otra sólo por valor comercial, para ganarse los millones del mundo...; no obstante, de nuevo, siguen habiendo escritores que evaden este asunto y escriben historias desde su perspectiva). Claro está, actualmente todas las historias encuentran algún antepasado de influencia, pero, ante todo, hay una primacía de la perspectiva, de lo nuevo que pueda aportar cada historia. La única manera que esto no sucediera es que la máquina fuese capaz de reinventarse, de crear nuevos paradigmas (y las implicaciones de esto las trataré en un momento), algo que provea maneras diferentes de acercarse al objeto de nuestro fetichismo literario, cualquiera sea.
Imagínense, entonces, que el humano logra crear la máquina autoinventiva, que es capaz de crear nuevos paradigmas a partir de su propia información, de su propia imaginación. Aprender por sí sola. Nos enfrentaríamos al hecho de haber transcendido, al mismo tiempo y aunque tal vez no nos diésemos cuenta, hacia una especie de divinidad. Aunque cada día, y con mayor frecuencia, vamos yendo hacia tal dirección (con un dominio cada vez más extenso, vasto y perfecto de la naturaleza), haber creado una vida autónoma al nivel biológico y nivel intelectual, significaría el paso definitivo. Cualquier lenguaje de programación, cualquier forma de instrucción robótica, necesita de la evaluación inteligente del humano, la añadidura de nueva información para que la máquina sepa trabajar y sea eficiente; pero con una máquina escritora habríamos dejado esa etapa para siempre y pasado a la siguiente. Una máquina capaz de aprender por ella misma (como sucede en la serie Person of Interest también, por cierto), partiría el tiempo en dos: antes de la divinidad y luego de ella. Porque es que, claro está, una de las características que hemos dado a cualquier dios es el de ser creador; nosotros habríamos tenido un principio y final (cosa que se supone que dios no tiene), pero habría un ser creado enteramente por nosotros. Y es que, ¿acaso no le pareceríamos a ese robot que también hemos aparecido de la nada y no tenemos principio ni final?
Creando una máquina escritora, sin darnos cuenta quizá, nos habríamos terminado de convertir en dioses.

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