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21 abr. 2013

La «pseudoliteratura»

En muchas ocasiones, tal vez, hemos escuchado frases como «[tal o cual] no es considerado literatura». Es decir, como humanos que somos, hemos creado una especie de estándar dentro del trabajo literario, como queriendo resaltar la valía de uno y dejar en lo más profundo, a que se mueran en las mazmorras, lo otro. Es equiparable con los siete escalones dentro de los ángeles según la Iglesia –por poner un ejemplo–, sólo que en este caso se divide solamente en dos: la literatura y la pseudoliteratura.

Cada vez que leemos algo –o con cualquier otra cosa– queremos decirle al mundo qué nos pareció, si nos gustó o no, porque tenemos la idea de que, si no nos gusta, debemos evitar que la otra persona pierda el tiempo leyéndolo. Entra en las personas una especie de altruismo en el que deben alertarle, como si se tratara de aquel botón que hará que comience la III Guerra Mundial, que ni siquiera se le ocurra acercarse a eso que se ha calificado como malo, hay que evitarle el mal trago a esa persona que está allí, a nuestro lado. Es así, entonces, que nace la necesidad de establecer ciertas prioridades, ciertos bueos placeres y ciertos placeres culpusos, dentro del campo de la palabra escrita.

Si lees una obra de Cervantes tendrás ese plus de caché que tanto quieres, es el autor de lengua española más leído, su obra maestra El Quijote es quizá el segundo más leído de la historia. Si lees a Gabriel García Márquez, a Goethe, a Hemingway... te darán el un plus para poder añadir a tu currículum literario, algo de lo que alardear; en cambio, si te lees a Meyer, a J.K. Rowling, a Coelho... no esperes que cuenten como algo extraordinario. Es así, lamentablemente las cosas son así. ¿Dónde ha quedado el leer por el simple placer de hacerlo?

Se ha establecido, como en muchas otras cosas, la necesidad de realzar uno sobre otro, como queriendo hacer que el ego de algún autor aumente por el simple hecho de decirle que su obra, esa en la que él trabajó tanto, es considerada literatura. ¿Me oyes? Literatura. No obstante, es imposible establecer una clasificación dentro de un campo tan subjetivo como lo es el arte. Para establecer si algún escritor produjo literatura o no hay que esperar que muera, es como una ley tácita que todo el mundo respeta, porque luego de la muerte es cuando se digieren las ideas que quiso dar a entender y se puede considerar su obra de manera más objetiva; pero ¿quiénes nos dicen qué es literatura y qué no es? No vengo con planes conspirativos de dominación mundial por un grupo, eso se lo dejo a los disociados maduristas de mi país; simplemente vengo a poner sobre la mesa que, por el simple hecho que un grupo de eruditos haya dicho que tal o cual es excelente literatura, no quiere decir que es mejor que el grupo lamentablemente clasificado como pseudoliteratura. Es como decir que un dibujo de un niño merece menos atención que uno de Da Vinci simplemente porque el primero no es un buen pintor.

Por eso mismo no se puede pensar que un libro es mejor que otro sólo porque tiene la etiqueta de literatura –¡y cuidado si es la de Literatura universal!–. Cualquier libro merece que sea el lector, cualquier lector, quien lo considere bueno o malo, quien considere qué debe leer y qué no. Decir que las personas de poco intelecto prefieren la pseudoliteratura es imbécil, quizá hasta un poco clasista –considerando el hecho de que la idea de poco intelecto suele ir ligado al hecho de ser de clase baja–, porque no sería más que una burda simplificación de algo mucho más complejo. Leer libros no es coleccionar trofeos para luego ir mostrándoselos al primero que se te plante enfrente; leer libros se reduce al placer de recrearte con la visión del mundo de otra persona, del autor, y que éste te lleve a conocer una nueva vida. Leer libros es vivir con la primera palabra de la historia y morir con la última, una y otra y otra vez. Tantas como disfrutes.

Leer es una actividad de disfrute, nunca se les olvide eso. Tradicionalmente se le ha atribuido a la literatura la capacidad de enseñar, por su profundidad; mientras que la pseudoliteratura se encargaría de entretener al lector. Pero la verdad es que amabas pueden hacer las dos cosas al mismo tiempo, quizá alguna se incline más por una que por otra, pero puede llegar a combinarlas a las dos. A mí no me cabe leerme un libro pretensioso que quiera hacerme ver fallos en la vida que debo corregir, o con recetas mágicas para ser feliz –sí, hablo de los libros de autoayuda–; pero no por esto voy a ir denigrándolos a cada paso que dé. Que las personas que disfrutan de ellos sean felices, mientras yo soy feliz con mi pseudoliterario Harry Potter, mi literario Arturo Uslar Pietri, y siga usted contando...

La vida nunca será blanco y negro, por más que los disociados quieran hacernos creer eso.

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