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7 abr. 2013

La misma historia de siempre

Me ha pasado, ya varias veces, que al empezar a leer un libro sufro una sensación de dejá vú, una sensación de «esto ya lo he leído yo antes», y no siempre es mala, no. Hay autores que repiten su misma estructura una y otra vez, como Amy Tan: siempre una confrontación de dos generaciones de mujeres chinas. A pesar de esto, sus libros tratan de diferentes temas, abordan situaciones diferentes. También Carlos Ruíz Zafón repite la misma estructura una y otra vez. Sin embargo, la de veces que me ha pasado esto ha llegado a un punto alarmante, sobre todo con los nuevos refritos de literatura juvenil que, alguno que otro día, me animo a leer.

Siempre es lo mismo. La falta de originalidad apabulla. Parece que todos se han refugiado ya bajo un letrero que, con letras neón, indica que el público eso es lo que quiere. ¿Por qué no dárselo, entonces?

Y allí estamos, con todos esos libros donde se enamoran dos chicos hermosos (que a menudo dicen no ser superficiales, o menosprecian su belleza), como si todos los demás no tuvieran derecho a enamorarse. ¿Ejemplos? Hay muchos.

Libros donde las mujeres son controladas por sus novios y viven alrededor de ellos todo el tiempo, a pesar de presumir de una libertad envidiable. Libros de personajes planos, cada vez menos desarrollados, donde las tramas se repiten. Las escenas románticas se han vuelto cada vez más irreales, escritas para satisfacer a la mente femenina, pura masturbación mental. Los personajes son sólo el triste reflejo de lo que queremos ser o de lo que queremos tener, y es sólo un reflejo físico, porque todos son hermosos. Sin embargo, ¿la psique dónde queda?

Los editores que quieren vender editan la misma novela, una y otra vez, con diferente título y diferente autor. Parece que sólo le han cambiado el nombre a los personajes, tan gastados, que ya no tienen nada que ofrecer. Todos conocemos a ese chico perfecto y seductor, con pinta de tío malo, que hace todo para proteger a la protagonista («lo hago por ti», «eres mi mundo», «sólo quiero protegerte») y la chica obedece, porque obvio, sólo la están protegiendo, no son celos enfermizos lo que hay allí debajo. ¿De verdad queremos eso?

Seamos un poco más exigentes como lectores. No dejemos que los autores o los editores nos traten como retrasados mentales. Porque mientras novelas como estos refritos que vemos una y otra vez en las estanterías de una librería se convierten en best sellers, las novelas realistas, que valen la pena, que nos van a hacer pensar y nos van a hacer sentir que los personajes son reales, con una personalidad desarrollada, se quedan olvidadas en las estanterías, donde nadie las ve, ni las lee…

Exijamos un poco más. Dejemos de leer el plagio de la misma historia de siempre.

Porque ya no tiene nada que ofrecer.

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