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24 nov. 2013

Medios electrónicos y mala ortografía, ¿existe tal relación?

Para nadie es un secreto que el porqué los jóvenes cometen tantas —¿tantas?— faltas de ortografía tienen claros culpables: los medios electrónicos y las nuevas formas de comunicarse que nacen a partir y por ellos. Esto es, sin embargo, una premisa que resultaría interesante evaluar con una mirada más amplia. Hay que comenzar por el hecho de que, la secuencia lógica según la cual aprendemos a escribir bien, es la memoria visual: no es lo mucho que nos quememos el cerebro aprendiendo las reglas, sino, en más extensión, la memoria visual. De allí que para escribir bien recomienden leer lo más que se pueda. A partir de esta memoria visual, las normas ortográficas también se aprenden luego por el mismo uso, por esto lo vehemente de la segunda recomendación: nunca escribas con faltas de otrografía (A. Bustos, en su blog).

Ahora bien, ¿por qué si somos la generación que más escribe y lee de la historia de la humanidad, aun así, cometemos más errores que cualquier otra? La página anterior también ofrece una conclusión que me satisface: «leen y escriben peor y más deprisa -dicen unos- o simplemente de otra forma -dicen otros»; Bustos sigue: «En la comunicación electrónica se desdibujan las fronteras entre lengua oral y lengua escrita. El medio es escrito pero la rapidez, la espontaneidad, la falta de planificación son propias de lo oral». Pero vuelvo sobre mis pasos un poco: ¿escribimos con más errores que la generación pasada? Esta percepción me parece un tanto alejada de la realidad, además de ser impulsada —en gran medida— por, en conjunto con personajes como los seudo-nazis del canon, los seudo-nazis de la ortografía: puristas que pretenden de forma vana que la lengua continúe impoluta —¿según cuál criterio?—, inalterable a lo largo de los siglos y siglos cuando el cambio y evolución —o involución— son lo único seguro en el mundo.

Y ¿si a lo anterior de que, en la mayoría del lenguaje electrónico priva la panificación concienzuda por la rapidez del lenguaje oral, le añado que, por ejemplo, enviar SMS con buena ortografía puede salir más caro? Parece ser que todas las cosas se están confabulando para cabar con el dogma ortográfico; pero no. La mayoría de los especialistas suelen concordar que, de hecho, los lenguajes electrónicos no afectan la ortografía y gramática del joven —siempre y cuando éste entienda que las convenciones del lenguaje electrónico no deberían ser usadadas en el lenguaje formal— (—descarga— A. Gómez, La ortografía del español y los medios electrónicos). Es más, este autor incluso hace una analogía de la migración de la imprenta tradicional a los medios electrónicos con las otras migraciones en el lenguaje escrito: del jeroglífico al silábico, del manuscrito a la imprenta, de la imprenta a los medios electrónicos. Dice «Igual que los primeros libros impresos imitaban los manuscritos medievales, así los primeros textos electrónicos imitan al texto impreso», restándoe cierta importancia al drama que muchas personas se montan. Un estudio con niños de entre nueve y diez años, buscando comprobar esta hipótesis, en Reino Unido dijo básicamente lo mismo: el textismo no afecta la ortografía, es más «contribuyó para que los niños obtuvieran mejor desempeño en sus pruebas que cuando iniciaron el estudio». Claro, lo siguiente puede ser mejor aplicado sólo al inglés: la naturaleza fonética de muchas de las abreviaturas y la decodificación que hay que hacer ayudaron a los niños con sus habilidades verbales.

Antes de ofrecer una conclusión, me gustaría destacar otra cosa también. Hay que diferenciar claramente el lenguaje mal escrito a causa de la rapidez pretendida, la falta de espacio (Twitter, SMS), y demás motivos; a aquél escrito mal a propósito. En este último muchas veces iinfluye la presión social de estar a la moda; en éste están incluídas las escrituras con uso indiscriminado de letras capitales y minúsculas (pOr EJemPlo o Por Ejemplo, Un Texto Así), o la repetición insustancial de letras (MaAhRiA me DiiJo) o cualquier otro en donde la violación a la norma sea tal que es imposible que la persona no sepa que está cometiendo una falta. Al respecto, Gómez diferencia éstas: «Las faltas de ortografía se producen por ignorancia de las reglas que rigen la grafía del español (...). Las heterografías son desviaciones intencionadas de la norma ortográfica que no se producen por desconocimiento» (énfasis propio).

Así, pues, ¿si el escribir en medios electrónicos no tiene por qué ser determinante en la falta de buena escritura actual, qué lo es? Al respecto propongo una teoría: la visibilidad que ofrece el Internet y la necesidad de protagonismo en un mundo cada vez más poblado. Hace un par de años, por la misma rigidez de la sociedad, por la misma convención de formalismo, las faltas de ortografía no tenían por qué ser públicas; hoy en día, en cambio, tenemos que escribir con heterografías, en muchos casos, en sinónimo de estar en la onda (caso personal: hubo un tiempo en el que escribí así precisamente por algo bastante relacionado). Nos enfrentamos entonces a una serie de cosas: heterografías, las verdaderas fatas de ortografía, y la adecuación a un lenguaje nuevo: el electrónico. Esto no quiere decir, ni por asomo, que han de morir las reglas ortográficas, aunque el consejo dado al principio (si quieres escribir bien, siempre escribe con buena ortografía) no es para nada despreciable.

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