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25 dic. 2013

Reseña: Memorias de un hombre de madera, de Andrés Ibáñez


Aprovechar para desearles una feliz navidad (para aquellos que la creen en el sentido cristiano de la palabra), y felices fiestas para el resto. Así como dijo Bell en la entrada anterior, nos tomaremos unas pequeñas vacaciones al terminar el año para mostrarles las sorpresas que vienen el año que viene. Sin más, continúen con la reseña:

Nombre: Memorias de un hombre de madera
Autor: Andrés Ibáñez.
Año de publicación: 2009.

Sinopsis: Esteban, un ebanista que disfruta construyendo relojes de cuco, se deja llevar por la curiosidad y entra en contacto con el Club de Buscadores de la Montaña. El protagonista y narrador de Memorias de un hombre de madera iniciará así un recorrido apasionante tras el misterio de su verdadera identidad. Visión personal y actual del mito de Prometeo, escrita con una prosa ágil que rezuma escepticismo y humor, Andrés Ibáñez ofrece en este libro una historia de sorprendentes giros, que ahonda con interés en las eternas preguntas sobre el sentido del mundo y el hombre, según ha destacado el escritor y académico José María Merino.


—Para mí, querido Esteban —continuó Sabino, que estaba en vena—, para mí la «búsqueda interior» es como la búsqueda del tesoro de John Silver. Es algo que no existe, y que por eso precisamente hay que buscarlo tanto, porque no existe, porque no hay nada que buscar.

Las sinopsis en las que se ensalza de más el texto siempre me causan cierto recelo, he de confesarlo. Siempre he pensado que lo que más se afirma es lo que más se teme no sea cierto; sin embargo, he de confesar también que he visto sinopsis que ponen en pedestales aún más altos a las obras, así que ésta no llega a causar repelús. De todas formas, luego de leerlo, nada de lo que dice allí se me antojó ni exageración ni leve manipulación para que te decidas a coger el libro y llevártelo a casa; el libro cumple a cabalidad lo que su sinopsis promete. En un principio, cuando iba por los arbores de la obra a penas, me dije que qué giros sorprendentes ni nada, que de seguro era algo relativamente fresco y sorprendente, pero no fuese algo que pensaras «¡Qué inesperado!»; pero estuve equivocado. Obviamente (y lamentablemente también) no puedo decirles cuál es ese giro que hace de «Memorias de un hombre de madera» más que un libro cualquiera; pero me bastaré con decirles que todo lo que dice Esteban es cierto, literalmente cierto.

La novela parece andar, al principio, entre el viaje de maduración de Esteban, su protagonista y narrador, y el canal para su maduración: El Club de Buscadores de la Montaña que, él se encarga muy bien de analizar cuando ve el anuncio en el periódico por primera vez, no se trata de algún grupo de senderismo o de amantes a escalar montañas. Buscan una Montaña que, yo interpreto, como el lugar al que se llega cuando nos encontramos a nosotros mismos, al otro, en palabras de uno de los personajes. El otro es la persona que vamos dejando atrás y el que queremos ser pero nos vemos enfrentados a la imposibilidad de serlo. La vida que, por una razón u otra, no nos atrevemos a vivir.

—Y sin embargo, existe la Montaña —dijo el Maestro—. Cuando nos observamos a nosotros mismos, vemos que en realidad no somos más que una cáscara vacía, y que todo lo que tenemos es prestado. Somos sueños, pensamientos, deseos, miedos, reacciones a estímulos, pero ¿qué somos nosotros realmente? ¿Dónde estamos? Pasamos la vida preocupados, consumidos por la ansiedad, esperando siempre algo del futuro. Estamos convencidos de que algo sucederá, algo pasará, y entonces, a partir de ese momento, todo irá bien. En esto ciframos toda nuestra esperanza, toda nuestra felicidad.
»Y toda nuestra vida tiene el sabor de lo falso. Los momentos reales son raros, y a medida que avanzamos en la vida, cada vez más raros. Las sensaciones nos llegan como acolchadas, como amortiguadas: nos damos cuenta de que cada vez sentimos menos, que cada vez percibimos menos. Ya no nos sentimos vivos. Ya casi no sentimos.

Y es que además del camino de maduración de Esteban, también nos vamos topando con otros temas con algunos otros personajes que resultan hasta imperecederos. En el Club hay un escritor que sufre una crisis cuando le llega el análisis de las ventas de su último libro, y se enfrenta a la posibilidad de que, tal vez, no logrará alcanzar el sueño, cumplir el deseo que con tanto ahínco se ha instalado en sus ganas. Y, el personaje de Esteban que se antoja taciturno, apasible, metódico y melancólico, luego nos termina explicando por qué es todas y cada una de esas cosas. Para, hacia el preludio del final, dejarnos con una teoría que se asemeja bastante a la situación de la película «The Truman Show».

El guiño de Julián (el escritor), en el que Ibáñez parece desdoblarse por un momento, es excelente. Julián por un momento tuvo la idea de escribir las Memorias de un hombre de madera.

—¿Paciencia? —me chilló casi cuando me atreví a decirle lo que pensaba en voz alta—. ¿Cuánta paciencia? ¿Cuánta paciencia más?
—Eres joven todavía —le dije.
—No tengo más paciencia —me dijo—. Tampoco tengo más esperanza. No tengo esperanza, y no tengo tampoco fe en mí mismo. Y entonces, ¿qué queda?
—El amor —dije yo, algo tontamente.
—¿El amor? —dijo él con gesto de resentimiento—. ¿El amor? ¿Qué amor?
—Tu vida está llena de amor —le dije—. Tienes a tu mujer, tienes a tus hijos...
—Sí, pero eso no basta —dijo él—. Soy un maldito hijo de puta lleno de ambiciones mundanas, un cabrón deseoso de honores, lo reconozco, lo veo en mí, pero ¿qué puedo hacer? Es lo que mi alma desea, es lo que deseo desde que era un niño, lo que me ha movido a través de todos estos años...
—¿El deseo de fama? —dije yo con incredulidad.
—No la fama a cualquier precio —dijo—. La fama por haber hecho algo grande. No la fama, ¡la gloria!
—¡La gloria! —repetí arrebatado y caso sobrecogido por esta explosión de sinceridad—. Pero a veces llega después de muerto.
—¡No, no, eso no me interesa! Quiero la gloria ahora, la gloria, la admiración, el reconocimiento, esa mierda es lo que mi alma desea, ese veneno, Esteban... (...)

Sobre el autor


ANDRÉS IBÁÑEZ, (Madrid, 1961). Estudió piano en el Conservatorio Superior de Música de Madrid y Filología Hispánica en la Universidad Autónoma de Madrid. La música y la literatura siempre han estado en el centro de su actividad.
En 1995 publicó su primera novela, «La música del mundo», que obtuvo el Premio Ojo Crítico de Radio Nacional y fue recibida con grandes alabanzas por los principales críticos españoles. Posteriormente ha publicado varias novelas más: «El mundo en la Era de Varick» (1999), «La sombra del pájaro lira» (2003), «El parque prohibido» (2005), su primera incursión en la literatura juvenil. «Memorias de un hombre de madera» (2009), IV Premio Tristana de novela fantástica) y «La lluvia de los inocentes» (2012). Además de la novela, Ibáñez ha cultivado también los géneros de la narrativa corta y de la poesía. Es también un destacado articulista, colaborador habitual de Revista de Libros y del suplemento cultural del diario madrileño ABC, donde publica una columna titulada «Comunicados de la tortuga celeste».

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