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17 ago. 2014

Regalar Libros

¿A quién de nosostros, lectores habituales, devoradores de libros, ratones de biblioteca, no nos gusta sacar un libro nuevo de una bolsa de papel brillante etiquetada con nuestro nombre? O, bueno, ¿por qué solo uno? ¿No pueden ser dos, tres o cuatro? ¿O la wishlist entera de ser posible? 

Porque nos gusta que nos regalen libros; sí, comprarlos es genial, porque es un logro, uno más a la biblioteca personal conseguido con nuestros recursos... a veces con el dinero del mes que nos dan, con lo que ganamos trabajando o con lo ahorrado a base de quedarnos con el vuelto del pan. Pero un regalo es emocionante, especialmente cuando se trata de ése libro, el que querías, el que estabas buscando, el que estaba demasiado caro; también es emocionante porque no sabes qué libro será; no fuiste tú a la librería, no estás seguro de que quién te lo regalo interpretara correctamente tus gustos, así que es todo un misterio si acertará o no.

Yo vivo en un país donde los libros son caros, muy caros, y personalmente no puedo permitirme comprarme libros todos los meses porque soy estudiante y hay gastos que, duele decir, son más importantes. Pero, oh, un par de veces al año, estoy segura que tendré libros nuevos, que probablemente no haya leído (o quizá sí), en mis manos, ¿cuáles fechas? Antes contaba con el Día del Niño, aunque a estas alturas ya no, pero sigue mi cumpleaños y más tarde Navidad, así que libros de regalo no me faltaran este año, libros, que claro, no compraré yo y eso es un riesgo, pero confío en que mi hermana no me haga la misma broma dos veces...

¿Cual broma? A ver, sucede que cuando cumplí dieciséis años, mi hermana mayor llegó con un paquete rosado bajo el brazo; me felicitó, me abrazó y me dio el paquete, ¿qué sería? Estaba pesado y era rectangular, sin imaginar nada, lo abrí y era un libro; el libro más alto, ancho y gordo que tengo, un verdadero ladrillo de tapas duras llamado «La Dama de Duwisib». No lo conocía. Le pregunté qué onda el libro, si acaso lo había leído o algo, pero me respondió un inolvidable "no lo conozco ni sé de qué se trata, solo le pedí al librero el libro más grande que tuviese disponible". Imaginen mi cara. Eso es una anécdota familiar y no tengo de qué quejarme, porque me gustó el libro (y sé que fue para molestarme en buena).

Lo repito, regalar libros es un riesgo, no tanto para quien recibe como para quien regala. Si me llega un libro que no me gusta o no me interesaba leer, bueno, la intención es la que cuenta, y quizá en algún momento me interese en él o quiera releerlo por A, B o C motivo. Y siempre, siempre lo agradeceré, porque es un esfuerzo ponerse en mi lugar y pensar en mis gustos; por eso mismo es difícil para quien regala, porque no es como comprar chocolates, ¡ahí todos son bienvenidos! Acá hay que pensar en el otro, en lo que ha leído, en lo que le podrá parecer interesante (poniendonos en el caso que al susodicho ser humano le interese dar un regalo memorable, no lo primero que vio en una vitrina y pensó que gustaría porque estaba compuesto de tinta, hojas y pegamento).

Pero, ¿qué pasa cuando hablamos de regalar un libro a alguien para iniciarlo en la lectura? Hace tiempo aprendí que entonces no hay que por ningún caso meter libros sin que la otra persona lo pida antes; primero porque nos odiará ("¿No podían regalarme algo más?"), segundo porque si no le gusta leer y lo considera como un deber, regalarle libros no cambiará esta perspectiva. A mí nadie me metió los libros a la fuerza y adoro leer, apuesto que lo mismo le pasa a muchos de aquellos que me leen, en cambio, estoy segura que si me hubiesen obligado a tomar los libros, ahora mismo no los querría ver ni en pintura.

Si la persona en cuestión no demuestra interés por la lectura, no le den libros, ¡compren algunos para ustedes, será mejor! Y si les regalan libros a ustedes, no se desanimen si no es él libro, podría pasarles como a mí, que descubrí uno que me gusta mucho (y sí, muy graciosa mi hermana). Mientras tanto, disfruten sus lecturas, que sean regalados, comprados o encontrados en la calle (lo último quizá no, pero bien que nos gustaría que encontrar libros fuese tan fácil como encontrar monedas de diez pesos), son libros y nos están esperando con el marcador entre las páginas.

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